lunes, 18 de marzo de 2019

Autoconcepto

El autoconcepto es básicamente la imagen que tenemos de nosotros mismos. Esta imagen se forma a partir de un buen número de variables, pero es particularmente influenciado por nuestras interacciones con las personas importantes en nuestras vidas.
Incluye la percepción de nuestras capacidades y nuestra propia singularidad, y a medida que envejecemos estas auto-percepciones se vuelven mucho más organizadas, detalladas y específicas.
El autoconcepto es un término de gran relevancia en al ámbito de la psicología social, pero fundamentalmente ha sido desarrollado por los teóricos de la psicología humanista, en cuyo seno se ha considerado como un pilar básico para el posterior desarrollo de sus diversos abordajes terapéuticos.

Componentes del autoconcepto

Al igual que ocurre con otros muchos términos en psicología, diferentes acercamientos teóricos han propuesto diferentes formas de definir y pensar sobre el autoconcepto.
De acuerdo con una teoría conocida como la teoría de la identidad social (desarrollada por Henri Tajfel en la década de los setenta), el autoconcepto se compone de dos partes fundamentales: la identidad personal y la identidad social.
Nuestra identidad personal incluye variables tales como los rasgos de personalidad y otras características que hacen a cada persona única. La identidad social por su parte incluye los grupos a los que pertenecemos dentro de la comunidad, la religión, la universidad o la propia familia.
Esta identidad social supone que una parte importante del concepto de sí mismo que cada uno de nosotros interioriza, se construye sobre la base de la pertenencia a determinados grupos sociales, con los que nos identificamos al objeto de reforzar nuestra propia identidad.
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viernes, 15 de marzo de 2019

Autocontrol

El autocontrol —desde la perspectiva de la Modificación de Conducta— consiste en la emisión, por parte del sujeto, de una conducta controladora que va a tratar de alterar la probabilidad de ocurrencia de una conducta conflictiva (conducta controlada). Por ejemplo, un sujeto obeso deja de comprar pastelitos en el supermercado (conducta controlada); un sujeto que gasta demasiado se impone una ruta por la que no pasa por el Centro Comercial donde compra (conducta controladora).
Autocontrol no es sinónimo de restricción, pues las estrategias de autocontrol implica en multitud de ocasiones de emitir conductas que alteran la frecuencia de ocurrencia de otras. Por ejemplo, uno puede hacer mucho ejercicio (estar dos horas boxeando) para evitar estar en el bar; o puede comer ensaladas abundantes, un montón de frutas o yogures para no tener tanto apetito e ir a la compra saciado; o puede colocar el calendario de exámenes justo encima del televisor para evitar perder el tiempo.

En principio, al ser conductas de autocontrol éstas deben ponerse en marcha sin instigación exterior, física o social (es decir, alguien no tiene que ponerse a estudiar porque le estén controlando en su casa).
El autocontrol no tiene nada que ver con la “fuerza de voluntad”. Ya que se concibe como una habilidad entrenable y, por tanto, adquirible en mayor o menor grado por todos los sujetos. Manifestar autocontrol significa que el sujeto ha adquirido un conocimiento acerca de las relaciones funcionales que controlan su comportamiento. Es entender que todo su comportamiento siempre está regulado por unas variables y que ahora cambiamos esas variables para cambiar su comportamiento.
En síntesis: el autocontrol es una habilidad susceptible de aprendizaje, que engloba cualquier conducta controlada exclusivamente por variables autogeneradas (físicas, sociales o cognitivas) que trata de alterar la probabilidad de ocurrencia de otra conducta cuyas consecuencias pueden resultar, sobre todo a largo plazo, aversivas para el individuo.

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