s谩bado, 27 de diciembre de 2025
martes, 23 de diciembre de 2025
Risoterapia 2026
jueves, 18 de diciembre de 2025
lunes, 15 de diciembre de 2025
mi茅rcoles, 10 de diciembre de 2025
mi茅rcoles, 3 de diciembre de 2025
martes, 2 de diciembre de 2025
lunes, 1 de diciembre de 2025
domingo, 30 de noviembre de 2025
s谩bado, 29 de noviembre de 2025
s谩bado, 22 de noviembre de 2025
jueves, 20 de noviembre de 2025
mi茅rcoles, 19 de noviembre de 2025
martes, 18 de noviembre de 2025
domingo, 16 de noviembre de 2025
viernes, 14 de noviembre de 2025
viernes, 7 de noviembre de 2025
domingo, 2 de noviembre de 2025
domingo, 12 de octubre de 2025
domingo, 5 de octubre de 2025
mi茅rcoles, 1 de octubre de 2025
domingo, 31 de agosto de 2025
mi茅rcoles, 27 de agosto de 2025
martes, 26 de agosto de 2025
lunes, 25 de agosto de 2025
domingo, 24 de agosto de 2025
viernes, 22 de agosto de 2025
jueves, 14 de agosto de 2025
martes, 12 de agosto de 2025
mi茅rcoles, 6 de agosto de 2025
viernes, 1 de agosto de 2025
martes, 29 de julio de 2025
lunes, 28 de julio de 2025
domingo, 27 de julio de 2025
jueves, 24 de julio de 2025
lunes, 21 de julio de 2025
Duele el corazon
Duele el coraz贸n
de dolor
de ausencia
de sin sentido
y duele duele
duele de verdad
de injusticia
de no entender
esta vez no es de miedo
es de dolor
e indignidad
domingo, 20 de julio de 2025
lo y lo
lo lindo y lo feo
lo lindo de ti
lo feo de la distancia
lo bueno de tenerte
lo malo de no tenerte
cual ser谩 la verdad
la verdad de tomar tu mano
o la verdad de ocultarnos
s谩bado, 19 de julio de 2025
Besos de tarde
Besos de tarde
en la lejan铆a
para aletargar el tiempo
para hacer cosquillas en el alma
erizar tu piel
remecer las dudas
para enloquecerte de amor
y remecer tu vida para siempre
viernes, 18 de julio de 2025
Corazones abiertos
Iba con la idea de plantear el tema de entrada
no me atrev铆
como siempre me fui por la tangente
contando una historia
y otra historia
pero se necesitaba
decir
lo justo
los corazones hablaron
el camino a seguir
que tranquilidad
que no acabe jam谩s este d铆a
jueves, 17 de julio de 2025
Lo injusto del mundo
Recuerdas que alguna vez hablamos
de lo injusto que era la vida y el mundo
quiz谩s sea hora de retorcer ese destino
mirando a los ojos
y seguir bes谩ndonos eternamente
tu y yo
mi茅rcoles, 16 de julio de 2025
Emociones diversas
Extra帽as sensaciones
y desolaciones
me siento vac铆o
con esperanza
esperanza de que
que idioteces
ilusi贸n de que
no lo se
vac铆o de tu ausencia
lleno de melancol铆a
por una historia
que nunca existio
Espera
Contado los minutos y las horas para verte
sintiendo los nervios del encuentro
sue帽o tu boca
¿Sera esquiva o d贸cil?
podre expresar lo que deseo
o contare alguna historia desopilante
hablare de la farsa que vivimos a diario y la maldita matrix que opera
o me encapsulare en tus abrazos
me atrapara la desilusi贸n sabatina
o me dejare llevar por el piscis so帽ador
miro la hora, miro el informe
sue帽o
temo
tu mensaje llega
sonr铆o de alegr铆a
martes, 15 de julio de 2025
Gotas
Gotas de cari帽o
por palabra
gotas de silencio
soy el agua que aumenta tu ego
soy la agon铆a de lo que nunca tuviste
eres la flor marchita
que se alimenta de la duda
no quiero gotas de cari帽o
quiero huracanes de pasi贸n
quiero ser un mar de amor y de emociones
quiero que los d铆as no esperen
que no sea el escondite de la vida que nunca vas a tener
lunes, 14 de julio de 2025
Otro amanecer
Amanecer pens谩ndote
amanecer so帽谩ndote
amanecer so帽谩ndote desnuda a mi lado
amanecer so帽ando mis manos recorriendo tu piel
mis besos en tu alma, mis caricias eternas
no solo tu cuerpo desnudo
tambi茅n tu alma desnuda toda m铆a
sin miedo, sin escondernos
con todo el tiempo del mundo
sin nada ni nadie que nos separe
domingo, 13 de julio de 2025
Fin de semana
Ha llegado el viernes
y siento tu ausencia
los fines de semana se vuelven miserables
siento tu lejan铆a
me atrapan los demonios de la soledad
de lo miserable que soy en mendigar amor
de lo miserable que se siente mendigar unas gotas de dulzura
de como duele el alma en pensar y pensar en ti
de lo bajo que caigo y no me levanto nunca
s谩bado, 12 de julio de 2025
Recuerdo de tarde
Miro el reloj y me pregunto
¿si estar谩s bien?
se me ocurren mil bromas para hacerte re铆r aunque sea un segundo
tambi茅n me vienen millones de frases rom谩nticas
me vuelvo algo ego铆sta y me pregunto
si estar谩s pensando en mi
y no solo eso
si al pensar en mi sonr铆es tanto como cuando yo pienso en ti
y no solo eso
si se te escapa un suspiro y aquel suspiro tiene
nombre, apellido y persona
miro el reloj y pienso
tanto rato llevo pensando y suspirando por ti
a ratos me condeno
luego me digo
ha sido la tarde mas linda de esta semana
viernes, 11 de julio de 2025
La primera vez
Si te digo que esa tarde te encontr茅 linda
muy linda
seguramente me dir谩s que te estoy mintiendo
que al volver a casa en el metro
imagine miles de futuros junto a ti
unos llenos de pasi贸n
otros llenos de risa como tiene que ser si o si
pero mi gran problema es que me quede so帽ando
el futuro perfecto a tu lado
y no creando el presente imperfecto
mientras caminabas en otra direcci贸n
domingo, 6 de julio de 2025
Risoterapia en Santiago de Chile
Risoterapia presencial Santiago de Chile.
s谩bado, 5 de julio de 2025
viernes, 4 de julio de 2025
jueves, 3 de julio de 2025
mi茅rcoles, 2 de julio de 2025
domingo, 29 de junio de 2025
Bloqueo 2
hay gente que ni te enteras que te bloquearon
sin embargo otras
te duele el alma
as铆 vas creando odio en el mundo
con palabras de amor
y conductas de hijo de puta
martes, 24 de junio de 2025
lunes, 16 de junio de 2025
Trio
A Pablo de justa Julia
a Sofia le gusta Pablo
Julia esta celosa de Sofia
Pablo nunca le dir谩 que le gusta Julia
Sofia nunca dir谩 que le gusta Pablo
Julia nuca dir谩 que le gusta Sofia
viernes, 13 de junio de 2025
jueves, 12 de junio de 2025
Bloqueo
Y as铆 es
como se desanchan las personas
un d铆a es de risas y planes
despu茅s un olvido desechable
mi茅rcoles, 11 de junio de 2025
12 de junio 2011
domingo, 8 de junio de 2025
s谩bado, 7 de junio de 2025
El cuadro de Raulito
No le fue f谩cil, sin embargo. Sobre todo cuando en sus narices otros rivales se lanzaron a tratar de convencerlo. Le cost贸 sobreponerse, y aceptar sonriendo a t铆osy primos y cu帽ados y amigos y vecinos tent谩ndolo al Raulito, ofreci茅ndole camisetas y pelotas y gorritos, a cambio de promesas de fidelidad a sus propios cuadros. Tampoco dijo nada cuando sorprendi贸 a m谩s de uno de esos buitres futboleros ense帽谩ndole al chico los canutos de la cancha, instruy茅ndolo subrepticiamente en las rivalidades hist贸ricas, ensalzando las hipot茅ticas virtudes de los unos, y vilipendiando las supuestas taras infames de los otros.
martes, 3 de junio de 2025
La vida que pensamos Eduardo Sacheri | Del libro «La vida que pensamos», publicado por Alfaguara, 2013.
Atend铆 yo y era el abuelo. Al principio apenas consegu铆a escucharlo, porque a mis espaldas segu铆a la letan铆a de reclamos rec铆procos entre mis hermanos y mam谩. Que en esta casa nadie atiende el tel茅fono, que me tengo que ocupar de todo sola, que le tocaba atender a Lautaro, que Mariano estaba sin hacer nada, que mejor que atendi贸 Agustina que jam谩s en la vida levanta la mesa, que ustedes tres me van a volver loca.
Tanto era lo que gritaban que tap茅 el tubo y les grit茅 yo que se callaran, que era el abuelo y que no escuchaba nadie. Algo de caso hicieron. De todas maneras no me resultaba f谩cil escuchar lo que me dec铆a. Porque el abuelo me hablaba en voz baja. Tanto, que un par de veces le tuve que pedir que me repitiera. Mi abuelo siempre habla bajito. No es de esos viejos que gritan de puro sordos. No. Desde chiquita me acuerdo eso del abuelo. Siempre te habla como si vos y 茅l fueran los 煤nicos en la Tierra, ajeno a todo lo dem谩s.
Pero esta vez su voz era un murmullo, tanto, que por fin entend铆 que me estaba hablando en secreto. Imagin茅 que la abuela andaba cerca y que quer铆a mantener nuestra conversaci贸n en el mayor de los sigilos. Y yo, como una tonta, empec茅 a murmurar tambi茅n, en ese reflejo autom谩tico que tenemos: si alguien nos grita porque no nos escucha, gritamos. Y si alguien bisbisea, bisbiseamos. Qu茅 tarada que soy: el verbo bisbisear no se utiliza desde hace cuarenta y cinco a帽os, y yo lo incorporo en esto que estoy escribiendo. Deformaci贸n profesional, dir铆a mam谩, a la que le encanta usar esa palabra: “profesional”. Ella es psic贸loga, y le encanta hablar de los profesionales, de lo que hacen los profesionales, de lo que dicen los profesionales, e imaginar cuando su hija tambi茅n sea un profesional. En plural, “profesionales” me suena al western de la d茅cada del 60 que se llamaba as铆. Y en singular, a alguien muy serio, de delantal o portafolio, que me escruta con ojos sapientes pero amenazantes. Sapiente. Ah铆 va otra palabra sacada del arc贸n de los recuerdos. O de los olvidos. Mi mam谩 dice lo de la deformaci贸n profesional porque estudio periodismo, y en la nebulosa de sus certezas eso viene a significar: “La nena quiere dedicarse a escribir pero, claro, con la literatura se morir铆a de hambre, as铆 mejor periodismo”. El razonamiento de mam谩 concluye con un “Claro, Agustina siempre ley贸 mucho”. Yo la dejo, total. Con sus pacientes ser谩 muy psic贸loga, pero en casa y con nosotros es toda una mam谩 de las de antes, de 茅sas de chismes y bat贸n.
De todas maneras, si yo le mostrase esto que estoy escribiendo a cualquier profesor de la facultad, aun el m谩s improvisado de los improvisados, me dir铆a que no le encuentra el hilo. Y tendr铆a raz贸n. Empec茅 hablando de la llamada de mi abuelo (porque eso es lo que quer铆a contar) y ahora estoy hablando de m铆, de las confusiones de mam谩 y de palabras perimidas. Tom谩, “perimidas”, ah铆 ten茅s.
Vuelvo. La cosa es que as铆, en tono secreto, fue como me habl贸 el abuelo. “Tengo que preguntarte algo”, me dijo. “Invitarte a algo”, me aclar贸. “¿Qu茅 ten茅s que hacer el viernes a la noche?”, me pregunt贸. “A eso de las ocho.” “No tengo nada”, le dije. Si la pregunta me la hubiese hecho una amiga le habr铆a dicho que ten铆a pensado salir a bailar. Pero a bailar una sale a la una de la ma帽ana (qu茅 feo queda ese “una” repetido como pronombre y como adjetivo numeral, soy un asco). La gente grande como el abuelo no concibe siquiera que una chica pueda iniciar una salida a la madrugada. Decirle “Me ocupo reci茅n a medianoche” es como decirle “Hay vida en Venus”. Da lo mismo. De manera que le dije que no, que no ten铆a nada. Fuera lo que fuese que el abuelo ten铆a para proponerme, el tiempo me daba para salir con 茅l y volver a casa a ba帽arme, vestirme y arreglarme. “¿Ad贸nde me quer茅s invitar?”, le pregunt茅. “A la cancha”, me contest贸. Y con eso, la verdad que consigui贸 sorprenderme. Mi primer impulso fue preguntarle por qu茅 no les dec铆a a los mellizos, o a alguno de los dos, que son tan futboleros como 茅l y tan hinchas de Gimnasia como 茅l. Pero mi cromosoma feminista me detuvo a tiempo: una voz, rec贸ndita, que me indicaba: “Ah, qu茅 f谩cil lo hac茅s, Agustinita. Algo te sorprende y de inmediato busc谩s una figura masculina para restablecer el equilibrio”. As铆 que no sucumb铆 al impulso de transferir la invitaci贸n a Mariano o Lautaro. Pero el abuelo advirti贸 mi vacilaci贸n (supongo que, para que la notara, colabor贸 que yo me quedase con el monos铆labo eeeeeeeehhhhhhh colgado de la boca durante largu铆simos segundos). “No te preocup茅s, Bochita. Era una idea, nom谩s.”
Yo no s茅 si alg煤n hombre, alguna vez, conseguir谩 rozar las profundidades m谩s reservadas de mi alma como hace mi abuelo cada vez que me dice Bochita. Por empezar, es un sobrenombre que usa 煤nicamente 茅l. Nadie m谩s lo conoce. Jam谩s me lo dice delante de otra persona. Y jam谩s me lo dice en circunstancias triviales. Es una especie de clave. S贸lo nosotros dos. S贸lo en situaciones importantes, important铆simas. Bochita es un puente entre nosotros dos, que nadie m谩s conoce.
Bochita me dec铆a cuando me llevaba al jard铆n de infantes y yo montaba un esc谩ndalo con aullidos, mocos y manos aferradas a la reja. O cuando me pas茅 cuatro d铆as al rayo del sol a la orilla del mar, a los cinco, convencida de que esa masa de agua rugiente era una porquer铆a monstruosa. O a los catorce, cuando me encerr茅 en mi habitaci贸n decidida a que nadie, nunca, jam谩s, ten铆a que ver que me estaban creciendo tetas. O a los diez, cuando mi pap谩 decidi贸 que ten铆a que vivir su vida, darse una oportunidad de ser feliz y toda esa pelotudez con Florencia y la puta que la pari贸. Advierto, con cierta preocupaci贸n, que este texto no s贸lo se aleja de su objetivo inicial de narrar lo que sucedi贸 la semana pasada, a partir del llamado telef贸nico del abuelo, sino que, adem谩s, se est谩 llenando de expresiones vulgares, como la que acabo de endilgarle a la pobre Florencia, que dedica su vida a hacer feliz a pap谩. En fin, que se vayan los dos ah铆 mismo adonde la mand茅 a Florencia.
Calma, Agustina, calma. Retomemos el hilo. Cuando el abuelo me dijo Bochita fue como si todo lo dem谩s despareciera. Todo. Hasta los idiotas de mis hermanos que se peleaban, a los gritos, por el control remoto. Volv铆 a chistarlos y me llev茅 el tel茅fono lo m谩s lejos que pude. El largo del cable me dio hasta la puerta del pasillo, de manera que me refugi茅 al otro lado. En mi casa no hay tel茅fono inal谩mbrico. A m铆 se me da por los anacronismos verbales, y mi madre es afecta a las reliquias tecnol贸gicas. En fin. Regresamos.
Parapetada detr谩s de la puerta del pasillo pude hablar un poco m谩s tranquila. Entonces le dije que no, que s铆, que era buena idea, s贸lo que me hab铆a sorprendido su invitaci贸n, porque imagin茅 que preferir铆a la compa帽铆a de los mellizos, que saben de f煤tbol y siguen al Lobo como 茅l, y segu铆 con una confusa rese帽a del eslabonamiento de mis dudas que el abuelo escuch贸 con paciencia y sin interrumpirme. Termin茅 repiti茅ndole que s铆, que me encantaba la idea y que contase conmigo. Cuando nos dispon铆amos a colgar lo escuch茅 hablando con la abuela. “Con Agustina”, o铆 que dec铆a. “Nada, una cosa que me pidi贸 y yo me hab铆a olvidado”, agreg贸, y coleg铆 que la abuela no estaba al tanto de sus planes y que el abuelo pretend铆a mantenerla en la ignorancia. Despu茅s nos despedimos.
Cuando colgu茅 el tel茅fono mam谩 se extra帽贸 de que el abuelo no me hubiese pedido que le pasara con ella. Hasta los tarados de mis hermanos interrumpieron una sesuda discusi贸n sobre el programa So帽ando con bailar, bailando con so帽ar, so帽ando con so帽ar, o como se llame, y se me quedaron mirando. Yo me dispuse a ensayar un moh铆n de esp铆a rusa en los Estados Unidos del macartismo, pero me pareci贸 un poco excesivo y hasta sospechoso. De manera que pretext茅 que era por unos libros que 茅l ten铆a y yo necesitaba para la facu, y eso fue todo.
Pero me qued贸 rebotando esta cosa de sigilo que le hab铆a puesto mi abuelo a su llamada. Y en los d铆as siguientes me dediqu茅 a indagar, con mucho tacto, en lo que pod铆a saber mi madre al respecto. Indagar a mi madre es m谩s f谩cil que la tabla del uno. Existen dos ocupaciones que a mam谩 la predisponen a la verbalizaci贸n de sus elucubraciones: el lavado de platos y la interacci贸n con la computadora. No s茅 por qu茅, ni llego a comprender qu茅 extra帽os v铆nculos pueden suscitarse entre ocupaciones tan dis铆miles a simple vista. Pero mientras refriega la vajilla ahogando la esponja en detergente, o se muerde labio inferior con el rostro iluminado por el monitor, mam谩 parece especialmente predispuesta a contar lo que le preguntes y lo que no tambi茅n.
Fue en una de esas sesiones de “No s茅 d贸nde se hace click para responder” cuando esta historia abandon贸 la esbelta senda de la comedia para convertirse en otra cosa. Empec茅 por donde me pareci贸, uno de esos disparadores inocuos. Solt茅 el nombre del abuelo, a ra铆z de ya no me acuerdo qu茅, y mi vieja se lanz贸 a hablar como si le hubieran inyectado pentotal s贸dico en una pel铆cula de esp铆as.
Mam谩 fue por el lado de la salud. La salud de sus padres, o m谩s bien su ausencia. Claro, para mi madre la salud de los abuelos es algo de todos los d铆as, un alerta moderado pero continuo. No es algo que comparta con nosotros, como suele hacer con sus urgencias. La cadera de mi abuela, o sus olvidos recurrentes, entran en la categor铆a de cosas de las que se ocupa ella y no nosotros tres. Y lo mismo con la arritmia de mi abuelo, sus problemas de presi贸n alta, el colesterol por las nubes, el reto del cardi贸logo, el pron贸stico alarmante.
Mam谩 se detuvo mucho m谩s en esta descripci贸n, como si las nanas de la abuela fueran m谩s rutinarias, menos urgentes, o m谩s antiguas, y por lo tanto no requiriesen tanto relato. En cambio, cuando habl贸 del abuelo, sin darse cuenta dej贸 el mouse, alej贸 la silla, apoy贸 el codo sobre el escritorio y clav贸 los ojos en el suelo. Esas cosas mam谩 las hace cuando hay algo con lo que no puede.
Yo no s茅 si la de la culpa es una gl谩ndula que las mujeres tenemos en alg煤n sitio ilocalizable, que se activa al menor est铆mulo directo o indirecto. O algunas mujeres tienen esa gl谩ndula y otras no, pero yo tengo el dudoso privilegio de contarme entre las que s铆, porque esa conversaci贸n, adem谩s de preocuparme, adem谩s de deprimirme, me llen贸 de culpa. ¿D贸nde hab铆a estado metida yo los 煤ltimos meses? Record茅 —tarde, pero record茅, al divino bot贸n, pero record茅— esas largas conversaciones que mi madre hab铆a mantenido, desde meses atr谩s, con la abuela, agazapada tambi茅n detr谩s de la puerta del pasillo con la base del tel茅fono en la mano y el cord贸n tirante. Y pens茅 que yo jam谩s hab铆a sido capaz de preguntarle, aunque fuera como ahora, de costadito y a ver, qu茅 era lo que estaba sucediendo.
Ilusa de m铆, hab铆a pensado en indagar a mi madre y despu茅s lucirme delante de mis hermanos, con una frase ocurrente al estilo de “El abuelo me quiere m谩s a m铆 que a ustedes”. Pero a medida que entend铆a, o cre铆a entender, me dominaba la angustia.
En esos meses no me hab铆a enterado de nada, ni me hab铆a ocupado de nada. Me vi en la m铆a, muy oronda, mucha ling眉铆stica y m茅todos de an谩lisis del discurso, mucha antropolog铆a social y cultural, mucho seminario optativo y la puta que me pari贸, con perd贸n de mi santa madre, y ella, y ellos, de m茅dico en m茅dico y ese pron贸stico de mierda y cada vez m谩s cuidados y cada vez m谩s prohibiciones y m谩s recomendaciones y as铆 est谩n las cosas, termin贸 mi madre, y reci茅n entonces levant贸 los ojos, una dieta estricta y una bater铆a de medicamentos y un electro cada dos por tres y la cirug铆a que no y ese comentario final de “Si pod茅s llamalo, le va a gustar”. Me fui a la pieza con la sensaci贸n de que era una idiota incapaz de ver nada, intuici贸n femenina cualquiera, cero, nada, un horror, me quiero morir.
Eso fue un martes. El mi茅rcoles cenamos los cuatro en casa y evit茅 cualquier comentario. Miedo a que se me notara que ocultaba un secreto. No por los gliptodontes de los mellizos, que no tienen ni idea de d贸nde est谩n parados en la vida, ni con qu茅 objeto. Pero mi vieja s铆. Y no quer铆a faltar a mi promesa de mantener el silencio m谩s absoluto.
El jueves, como mam谩 sali贸 a comer con unas amigas, supuse que contaba con el escenario propicio. Contraviniendo mi costumbre y mis principios, en lugar de pelearme con los mellizos sobre qui茅n cocinaba, qui茅n pon铆a la mesa y qui茅n lavaba los platos, me comport茅 como una chica muy de su casa: horne茅 unas milanesas y las acompa帽茅 con pur茅 instant谩neo, y los llam茅 cuando tuve todo listo y la mesa puesta. Una geisha, casi. Por supuesto que no dijeron una palabra, como si disponer en su hogar de una tarada que se ocupe de todo fuese parte de su derecho viril a gobernar la Creaci贸n, pero 茅se es otro tema. Es otro tema pero algo tiene que ver, la verdad, porque yo me sent茅 en un estado casi de enojo preventivo, dispuesta a clavarles una mirada furibunda (ya que no el cuchillo, esas cosas en casa no se estilan) a la primera de cambio.
Les saqu茅 el tema del f煤tbol, de con qui茅n jugaba Gimnasia. Esa parte de mi plan funcion贸 sobre rieles. Como dos rutinarios percherones, una vez puestos en camino con un ligero toque de la rienda, se lanzaron a hablar de Gimnasia como especialistas. De hecho, creo que es lo 煤nico en los que esos dos son especialistas. De manera que obtuve r谩pida confirmaci贸n de que el Lobo jugaba el viernes a las ocho —ya lo sab铆a—, de que le tocaba contra Defensa y Justicia —eso lo desconoc铆a—, y que el equipo ven铆a de dos triunfos al hilo —yo, ni idea—, 5 a 0 a Crucero del Norte y 1 a 0 a Ferro de visitante –menos que menos–.
Como quien no quiere la cosa les pregunt茅 si iban a ir el viernes. Lautaro dijo que s铆. Mariano que no. Y lo que pas贸 despu茅s es un ejemplo t铆pico de que soy una tarda y una insegura. Porque el abuelo me hab铆a dicho clarito que la invitaci贸n era para m铆. Y su tono clandestino deber铆a hab茅rmelo dejado m谩s que claro. Pero como soy una obsesiva de libro, me quise asegurar, y le pregunt茅 a Lautaro si iba a ir con el abuelo a la cancha. No tendr铆a que haber preguntado nada. Quedarme con lo que sab铆a y listo. Pero no, ah铆 ten铆a que ir la mina a meter el dedo en la llaga, la cabeza en la boca del le贸n, y no pongo ninguna otra met谩fora obvia porque ahora no se me ocurren m谩s que esas dos. Porque resulta que estos dos se miran, me miran, se miran, me vuelven a mirar como si yo fuera una marciana o una est煤pida, o una marciana est煤pida, y me dicen: “No, tarada, el abuelo no puede ir a la cancha. ¿No sab铆as?”.
Tendr铆a que haberlo sabido, tonta de m铆. Volv铆 a sentirme una mujer fallada por no haberme dado cuenta de nada sobre el deterioro de la salud del abuelo. Si esos dos insanos lo sab铆an, toda la humanidad estaba al tanto. Toda la humanidad menos yo, aprendiz de periodista. Periodista, mama m铆a. Y no hab铆a sido capaz de ver lo que ocurr铆a delante de mis ojos.
Muy femenina para sentir culpa y nada femenina para saber entender lo que no est谩 dicho. Me caigo y me levanto. Porque con lo que me hab铆a informado mi santa progenitora deber铆a haber ca铆do en la cuenta de que el abuelo, con su nueva vida de cuidados, esmeros, recomendaciones y dificultades, tendr铆a prohibido ir a morirse de calor, o de fr铆o, o de lluvia, o de gritos y nervios en la cancha de Gimnasia. Pero que estos dos zaparrastrosos, estos dos analfabetos morales me mirasen con cara de doctos, con expresi贸n de que “obvio” que el abuelo no puede ir a la cancha, me hizo sentir como una piltrafa.
Con una locuacidad poco habitual en ellos, tuvieron a bien informarme que la 煤ltima presencia del abuelo en el estadio hab铆a sido un partido important铆simo, por la promoci贸n, en el que Gimnasia hab铆a metidos dos goles en los 煤ltimos cinco minutos y se hab铆a salvado del descenso. De esos que uno dice “un partido para el infarto”. Bueno, parece que el abuelo se lo tom贸 muy en serio, porque qued贸 tirado ah铆 en la platea y no se muri贸 de casualidad. Como soy tonta, pero tampoco tanto, me acord茅 del asunto. Pero como no hab铆a sido un infarto propiamente he dicho (ahora que lo pienso, no s茅 c贸mo es un infarto “propiamente dicho”) y desde entonces hab铆an transcurrido como dos a帽os o m谩s, yo no le hab铆a dado mayor importancia. “Como el viejo Casale”, dijeron, y yo no entend铆 a qu茅 se refer铆an. “El cuento de Fontanarrosa”, intentaron aclarar, pero me qued茅 tan en ascuas como antes. Cart贸n lleno. Lo 煤ltimo que estos tipos hab铆an le铆do era el manual de Play Station, y me pod铆an dar lecciones de literatura.
Ese jueves a la noche no dorm铆. O me dorm铆 tard铆simo, vencida por la fatiga de la angustia, despu茅s de dar vueltas y vueltas, durante horas, en la cama. Lo l贸gico era hablar con mam谩. O con mam谩 y con la abuela. Ponerlas sobre aviso.
No alcanzaba con ponerle un pretexto al abuelo para cancelar lo del viernes. Decirle que no, que me hab铆a surgido algo, que no pod铆a, no ser铆a suficiente. Porque si no iba conmigo, seguro que iba igual. Y si no era este partido, ser铆a el siguiente. Hab铆a que asegurarse de que no lo hiciera. Controlarlo. Seguirlo, no s茅. Algo. Y para eso era imprescindible el auxilio de mi madre y de la madre de mi madre. Y hasta de los in煤tiles de mis hermanos, si hac铆a falta. Pero el viernes a las nueve de la ma帽ana me son贸 el celular y se me desbarataron los planes. “Hola, Agustinita”, me salud贸 el abuelo. Y yo me qued茅 fr铆a y silenciosa, porque mi plan no era disuadirlo a 茅l. No. Mi plan valiente y altruista consist铆a en operar a sus espaldas y resolver las cosas con mam谩 y con la abuela, y que fueran ellas las que se encargasen de pulverizar su proyecto. Pero ahora lo ten铆a ah铆, con su voz de pausas, y yo con unas ganas de llorar que no pod铆a con mi alma. “Mir谩 que hoy te necesito”, me dijo despu茅s de algunas preguntas triviales, sobre la facu y cosas as铆. No dijo m谩s. Por suerte no agreg贸 “Bochita”, porque creo que si me llamaba Bochita yo me derrumbaba o empezaba a los gritos o llamaba a la polic铆a o mi confesor (suponiendo que lo tuviese). Pero de tanto pensar “Ahora me dice Bochita, ahora me lo dice”, fue como si efectivamente me lo hubiese dicho. Y al no decirlo, sonaba m谩s fuerte y repetido todav铆a.
Nos encontramos a las siete, cuando todav铆a no hab铆a oscurecido, y fuimos caminando sin apuro por 117. Y en el trayecto hablamos de todo un poco, de la facu, de mam谩, de los mellizos, de mis pr贸ximas vacaciones, de por qu茅 hab铆a cortado con Lucas. Del abuelo hablamos poco, porque se cuid贸 de absorber el impacto de mis preguntas y derivarlas hacia zonas inocuas en las que s铆 se explay贸 con elegancia. Momento: no soy justa. Hablamos sobre todo de m铆 porque el abuelo ten铆a todas las coordenadas como para preguntarme. Y yo, casi ninguna. 脡l sab铆a de cada cosa que compone mi mundo. Y no por el solo hecho de haberle preguntado a la abuela, como quien hace los deberes. No. Eso se nota. Cuando alguien nos pregunta tipo reportaje superficial, todos esos lugares comunes a los que los adultos se sienten obligados. En cambio el abuelo preguntaba de un modo m谩s profundo, natural. No con la intimidad de una amiga, claro. Pero s铆 con la confianza y la claridad de quien nos conoce las ma帽as.
Al principio yo intent茅 que la cosa fuera sim茅trica. Cambiar pregunta por pregunta. Pero como yo no me atrev铆a a preguntar por su salud, y porque no sab铆a sobre qu茅 otra cosa preguntarle (en eso, ser joven es un problema), terminamos hablando de m铆. Momento otra vez. Soy injusta. No s贸lo terminamos hablando de mi incapacidad de preguntar lo correcto. Lo hicimos porque empec茅 a disfrutarlo. Ese viejo panz贸n y petisito me escuchaba con una atenci贸n, y me preguntaba con una perspicacia, y me dejaba hablar con una libertad, y me interrump铆a con una exactitud cuando me iba de tema, que hizo que hablar fuera… profundo. No s茅 c贸mo decirlo mejor. Esa gente que, cuando le habl谩s, te hace que hables con vos misma. Lo releo y suena est煤pido. Cuando corrija este texto voy a tener que cambiar todo ese p谩rrafo, porque suena obvio y encima no se entiende. Pero as铆 me sent铆 a lo largo de todas esas cuadras por 117 hasta cruzar la avenida 60.
El abuelo me pidi贸 disculpas por llevarme a la platea. Fue la 煤nica alusi贸n que hizo a la salud. Se se帽al贸 las rodillas, disculp谩ndose, y me dijo que prefer铆a que nos sent谩semos m谩s o menos c贸modos. Me alegr贸 su decisi贸n. Por un lado, siempre me dan un poco de miedo los amontonamientos. Y por otro, nos pon铆amos a salvo de encontrarnos con Lautaro en la popular.
Subimos y nos ubicamos. El abuelo salud贸 con un gesto a un par de viejos sentados un poco m谩s all谩. Comentamos la mucha gente que hab铆a. El azul y blanco por todos lados, los gritos, los bombos. Yo me esforzaba por no quedar como un antrop贸logo que visita una tribu paleol铆tica, hace preguntas tontas y saca conclusiones erradas. Despu茅s de todo: ¿cu谩ntas veces hab铆a ido a la cancha? Las pod铆a contar con los dedos de una mano. No me acuerdo, pero parece que me llevaron en el 95, cuando el Lobo estuvo a punto de salir campe贸n. Y cuando yo ten铆a catorce a帽os y otra vez anduvimos cerca. Pero el f煤tbol nunca fue lo m铆o.
“Viene mucha gente porque el Lobo va puntero”, dijo el abuelo. Y a m铆 me gust贸 esa modestia en el decir. No se llen贸 la boca inventando que la cancha est谩 siempre llena, como me dec铆a el in煤til de Lucas habl谩ndome de Boca (in煤til no por eso, sino por todo lo otro). Y me repiti贸 lo que me hab铆an anticipado mis hermanos. Viene de ganar los 煤ltimos dos, contra los misioneros y contra Ferro. Y puso cara de “esperemos seguir as铆”. Y yo me mord铆 el labio y cerr茅 los ojos para pedir que s铆, que siguiera la fiesta. Que mi abuelo y yo nos merec铆amos que ese partido fuese inolvidable. Adem谩s, me preocupaba que el abuelo se pusiera muy nervioso.
A los cinco minutos, cuando Gimnasia tuvo una situaci贸n de gol que termin贸 mal, lo vi incorporarse y volver a sentarse, despu茅s de golpearse el muslo. “¿Est谩s bien?”, le pregunt茅. Me mir贸 un poco sorprendido. “S铆. Bastante mejor que el burro este con los pies redondos”, me contest贸.
Yo no soy de ir a la iglesia. Pero s铆 soy de rezar. Como algo m铆o. Algo entre Dios y yo. En silencio, sin que mi abuelo lo notara, empec茅 a pedirle a Dios que nos reglara una noche inolvidable, un glorioso triunfo tripero, un recuerdo de 茅xtasis feliz que a m铆 me durase para siempre y sirviese, para mi abuelo, como una perla para atesorar.
Bueno. Pues parece que Dios no estuvo de acuerdo. A los veinte del primer tiempo, m谩s o menos, un delantero de Defensa y Justicia le peg贸 desde afuera del 谩rea. Un tirito as铆 nom谩s, fuerte pero a las manos del arquero. Nada grave. Nada grave, salvo que se desvi贸 en un defensor, le cambi贸 el palo al arquero y se meti贸 en el rinc贸n, abajo, maldita sea tu estampa, delantero de verde y amarillo. En nuestro silencio, escuchamos perfectamente los gritos de los visitantes, all谩 enfrente. Lo mir茅 a mi abuelo, temiendo que el disgusto le alterara los signos vitales. Pero no. Mir贸 el reloj y murmur贸 algo tranquilizador, como que reci茅n empezaba y hab铆a tiempo. Y de hecho, al rato, empat贸 Gimnasia. Desde afuera del 谩rea, lindo gol. Y lindo, hermoso m谩s bien, saltar de la buraca, abrazarme al abuelo, sonre铆rme con los de alrededor, comentar el zapatazo, aun sin tener la menor idea de c贸mo se patea una pelota, prenderme en los cantitos nacidos de esa algarab铆a, verlo al abuelo feliz pronosticando que ahora lo d谩bamos vuelta, sentir en el fondo de mi alma que mejor as铆, que hay algo m谩s lindo que ganar un partido de entrada, y eso m谩s lindo es darlo vuelta, arrancar perdiendo y sufriendo y lamentando y despu茅s torcer ese destino, cambiar las cosas, llenarse de palabras que significan haza帽a, epopeya, milagro y cosas as铆. De vez en cuando, de todas maneras, me volv铆a hacia el abuelo como para asegurarme de que estuviese bien. De haber tenido un tensi贸metro le habr铆a tomado la presi贸n cada cinco minutos, o con cada avance frustrado de Gimnasia. Pero ten铆a buen semblante, insultaba muy de vez en cuando, aplaud铆a.
En el entretiempo me ofrec铆 para buscar unas gaseosas. Nos la tomamos atr谩s, acodados en la baranda, mirando al bosque. Y de nuevo la charla, y la sensaci贸n de poder hablar un milenio sin parar, con ese viejo. Volvimos a tiempo y apenas nos sentamos el abuelo me mir贸 y me dijo, empeque帽eciendo sus ojos chiquitos: “Quedate tranquila. Con lo que s茅 de f煤tbol, te garantizo que lo ganamos”. O sinti贸 que se quedaba corto con el pron贸stico, o mi expresi贸n arrobada le sugiri贸 que corroborase mis mejores esperanzas porque agreg贸: “Por goleada”.
Se equivoc贸. Gimnasia jug贸 un segundo tiempo espantoso y a los treinta, de contraataque, Defensa le meti贸 el segundo. Otra que haza帽a. Apost茅 las 煤ltimas hilachas de mi fe a un empate ag贸nico. En una de 茅sas se nos daba, quise suponer. Quedaba un ratito, todav铆a. A veces en el f煤tbol pasan cosas, especul茅, filos贸fica. Pasan, efectivamente. A los treinta y siete otra vez contraataque y otra vez gol de Defensa y Justicia. El abuelo dej贸 de insultar faltando tres minutos. Apoy贸 el ment贸n en los pu帽os, se acomod贸 la gorra y se limit贸 a negar de vez en cuando, como si lo que ve铆a fuera demasiado. Y yo me quise morir, porque sent铆 que todo se hab铆a a la mierda.
Y ya no me importa que esta cr贸nica se llene de vulgaridades como la palabra mierda. Porque ah铆 se hab铆a ido todo. El plan del abuelo, la noche, la despedida. Porque era eso. Y yo sab铆a que era eso. T谩cita, profundamente, eso era una despedida. Y todo lo lindo, todo lo tristemente bello que encerraba ese gesto del abuelo, se perd铆a por ese partido mugroso y esos tres goles de Defensa y Justicia, mal rayo los parta, d贸nde se ha visto un club que se llame as铆.
Cuando termin贸 el partido el abuelo me sugiri贸 que esper谩semos a que se fuera la gente. Y yo tem铆 que se estuviese sintiendo mal, y que estuviese intentando regularizar su respiraci贸n, acomodarse las pulsaciones. Y esperamos. Dejamos que salieran los visitantes. Y que se abrieran las puertas para la gente del Lobo. Y que las tribunas se vaciasen. Y que los otros viejos que estaban sentados cerca se alejasen despu茅s de murmurar un buenas noches. Y que descolgaran las redes de los arcos. Y que se llevaran los carteles de la publicidad.
“Me encanta la cancha as铆”, dijo el abuelo, se帽alando el verde iluminado, los panes de pasto salidos de su sitio, una serpentina in煤til detr谩s del arco que da a la Avenida 60, el enjambre de bichos alrededor de la torre de luz. Y a m铆 se me anud贸 la garganta. Le di la mano y hund铆 la cabeza en su hombro, sin nada para decir, sin nada para querer, con ganas de que el tiempo no pasara nunca.
“Ya est谩”, dijo el abuelo, no s茅 despu茅s de cu谩nto tiempo. Me incorpor茅 y me sequ茅 las l谩grimas. Me sonri贸. Se puso de pie y dijo algo sobre sus rodillas de porquer铆a. Ech贸 un 煤ltimo vistazo y encar贸 la salida sin mirar atr谩s. Bajamos los escalones. Ni una sola vez se dio vuelta para mirar la cancha. Le propuse tomar un taxi y me mir贸 extra帽ado. “¿Ya te ten茅s que ir?”, me pregunt贸. Dije que no.
Caminamos varias cuadras, pero no hacia el lado de casa, sino para el lado de la 55 y 7, por ah铆. Nos detuvimos en un bar antiguo y casi vac铆o. Ocupamos una mesa del fondo, lejos de las vidrieras. Nos atendi贸 el due帽o, que sali贸 detr谩s del mostrador. Se saludaron por el apellido y el abuelo me present贸 como su nieta m谩s grande. Comentaron apenas el partido. Por lo que dijo el otro tipo me di cuenta que era de Estudiantes. Se lo pregunt茅 al abuelo y me dijo que s铆. Le hice notar que no se hab铆a burlado de la de derrota de Gimnasia. El abuelo volvi贸 a asentir. “Es un tipo que sabe de f煤tbol. Por eso no me dijo nada.” El due帽o volvi贸 con una bandeja tan grande que ocup贸 casi toda la mesa. Se miraron con el abuelo, que asinti贸 complacido. Era la picada m谩s grande que yo jam谩s hubiera visto. Se la hab铆a encargado con tiempo, seguro. Deb铆a haberle llevado una hora prepararla. “¿Cerveza?”, me pregunt贸 al abuelo. Asent铆. El due帽o fue hasta el mostrador y volvi贸 con una botella helada y dos vasos grandes. Mir茅 en detalle lo que nos hab铆a tra铆do. La cuarta parte de esa picada era una bomba capaz de noquear a cualquiera. Record茅 las prevenciones de mi madre. El sucinto detalle de las dolencias de mi abuelo. “Le va a hacer mal”, me atrev铆 a decir. “Peor me hizo el 3 a 1, y ac谩 me ten茅s”, respondi贸 el abuelo, con dulce sarcasmo. Y con un escarbadientes pinch贸 una rodaja de salame como un modo de dar por inaugurado el banquete.
Lo que comi贸 ese hombre. Lo que comimos, en realidad. Lo que bebimos. Como enfermera me morir铆a de hambre. Y se supon铆a que me hab铆a propuesto cuidarlo y evitarle los excesos. A la segunda cerveza me dio por el lado de la borrachera feliz. Cantamos cantitos de cancha, porque yo insist铆, un poco porque s铆 y un poco de puro pendenciera, para provocar al due帽o, que sigui贸 inmutable. Hablamos tanto que no me acuerdo de qu茅 hablamos. Apenas me acuerdo de la sensaci贸n. La sensaci贸n de no querer que termine. De que fuese para siempre. De tener claras palabras importantes para decir y call谩rmelas justo antes de pronunciarlas. Pero no por verg眉enza sino porque no hac铆a falta. Esa noche, en ese bar, no hac铆a falta nada. Cuando los otros clientes se fueron, el due帽o baj贸 la cortina met谩lica y vino a sentarse con nosotros. A instancias de 茅l, y como si fuera mi casa, pas茅 detr谩s de la barra y saqu茅 un Gancia que nos liquidamos entre los tres, con parsimonia y un poco de lim贸n y hielo. Ellos hablaron de f煤tbol. Jugadores viejos, cl谩sicos inolvidables. De vez en cuando se deten铆an a explicarme alg煤n detalle, como para no dejarme afuera de los sitios a los que los conduc铆a la memoria.
Poco antes de la medianoche nos levantamos. Le due帽o nos sonri贸. Mi abuelo le estrech贸 la mano, ceremonioso, y le dijo adi贸s. Yo tambi茅n le estrech茅 la mano. Cuando salimos al fresco de la noche me gan贸 una angustia s煤bita. Despejada, sent铆 que nos hab铆amos metido en un callej贸n sin vueltas de ninguna especie.
“Caminemos hasta casa”, dijo mi abuelo, como un modo de sacarme de mi posici贸n de estatua. “Abuelo”, empec茅. No dije m谩s. Pero supongo que mi voz estaba llena de alarma, porque se llev贸 un dedo a los labios para darme a entender que me callara. Y me rode贸 el hombro con el brazo, y caminamos por la medianoche de la ciudad hasta su casa.
Cuando llegamos a su puerta me dio un beso y un abrazo y me dijo que me fuera. Lo abrac茅 muy fuerte. Rendida, me puse a llorar como una nena. Le dije que lo quer铆a. Le ped铆 que no se fuera. Le ofrec铆 quedarme con 茅l hasta la ma帽ana. Le dije que nunca hab铆a hablado as铆 con nadie. Le dije que lo necesitaba. No me respond铆a. Me palmeaba la cabeza, y murmuraba mi nombre, como si supiera que yo no estaba esperando ninguna palabra.
Pero era todo tan triste que termin茅 enoj谩ndome. Maldita noche. Maldito Gimnasia y Esgrima La Plata. Malditos jugadores, incapaces de regalarnos una victoria. Por qu茅 no hab铆an ganado, justo el 煤nico partido en la vida que vamos a la cancha con el abuelo. Maldita yo, muy ocupada con la facu y con el idiota de Lucas y con mis amigas y con salir a bailar y con mis dramas. Maldita vida que hace que uno haga todo mal y se d茅 cuenta tarde.
El abuelo demor贸 en responderme: “No te calent茅s, Bochita. No te enojes. Una cosa es la vida que pensamos. Pero despu茅s cambia. Se tuerce. Es otra cosa. Al final, la vida hace lo que quiere.” Abri贸 la puerta, sonri贸, hizo un vago saludo con la mano y se meti贸 en su casa.
Me pas茅 la noche llorando, sin pegar un ojo. A eso de las nueve de la ma帽ana empec茅 a escuchar movimiento en la cocina. Mi mam谩 deb铆a estar desayunando. Yo no quer铆a salir de mi pieza. Anticipaba, enfermiza, una vez y otra, el sonido del tel茅fono. Ten铆a claro lo que iba a pasar. Mi mam谩, extra帽ada de un llamado en s谩bado a la ma帽ana. Mi abuela, la voz angustiada, sus explicaciones desbocadas, mi mam谩 sent谩ndose y tap谩ndose la cara enrojecida y empezando a llorar, mis hermanos sin entender nada, yo en el umbral de la cocina sabiendo todo, todo el dolor y toda la culpa, porque ayer las cosas ten铆an un sentido, la noche, el partido, la charla, el bar, un final deseado, elegido, honroso y digno de su melancol铆a, pero hoy s谩bado, con la luz del d铆a, lo 煤nica que quedaba era el dolor descarnado, lo in煤til de todo, el deseo rabioso de que la vida no fuera la mierda que es.
Y como si mis pensamientos pusieran en marcha los acontecimientos, son贸 el tel茅fono. Salt茅 de la cama y en dos pasos estuve en el umbral de la cocina. Mis hermanos alzaron la vista hacia m铆. Mam谩 estaba empezando a incorporarse. La detuve con un grito. Me mir贸 entre el asombro y un miedo nuevo. Cruc茅 la habitaci贸n. Cuando dijera “hola” mi abuela iba a confundirme con mi madre. Cuando le aclarase que era yo, Agustina, conteni茅ndose a duras penas me pedir铆a que le pasase a mi mam谩. Mi abuela nos sigue tratando como chicos. No querr铆a darme a m铆 una noticia as铆. “¿Vas a atender o no?”, me sobresalt贸 la voz alarmada de mi madre. Ca铆 en la cuenta de que me hab铆a detenido junto al tel茅fono, incapaz de alzar el auricular.
A veces la vida hace, nom谩s, lo que quiere con nosotros. Yo estaba lista para escuchar a mi abuela. Su dolor, su angustia, su necesidad de dec铆rselo primero a mi madre. Para lo que no estaba lista, lo juro, era para esa voz de hombre, calma, bajita, sigilosa, que me pregunt贸:
“Hola Bochita. Aver铆guate con qui茅n jugamos la pr贸xima fecha de locales.”
Eduardo Sacheri | Del libro «La vida que pensamos», publicado por Alfaguara, 2013.
lunes, 2 de junio de 2025
Piano
la m煤sica se escucha hermosa
cierro los ojos y veo la m煤sica
no se como describir el sonido
me da tranquilidad
as铆 quisiera estar siempre
aunque millones de pensamientos invaden mi cabeza
me centro en la se帽ora que toca el piano otra vez
domingo, 1 de junio de 2025
s谩bado, 31 de mayo de 2025
Historia
No recorr铆 tu cuerpo para darme solo un gusto mas
no sembr茅 mis besos en cada rincon solo para saber si era la cuota exacta de besos y deberes
mis manos no acariciaron tu cuerpo por conocer otra piel
me quede para siempre en tu aroma
te quedaste por siempre en mis deseos
fuiste siempre mis mejores momentos
me he quedado para siempre en tu historia
en cada relato
en cada sue帽o
en cada tarde de domingo
martes, 27 de mayo de 2025
lunes, 26 de mayo de 2025
s谩bado, 24 de mayo de 2025
Nudos
El nudo de la garganta
aprieta mas que el nudo de la corbata
el nudo de la soga suicida
libera mas que gritar
viernes, 23 de mayo de 2025
martes, 20 de mayo de 2025
lunes, 19 de mayo de 2025
s谩bado, 17 de mayo de 2025
usted y yo
Al final usted y yo
estamos en esta vida de paso
usted y yo nos dibujamos a la distancia
y nos besamos en secreto
nos pensamos
nos so帽amos
y nos deseamos cono anta帽o
al despertar volvemos a esa realidad alejada el uno del otro
y sucumbimos en este mal sue帽o llamado vida

